Por más que intentemos acostumbrarnos, lo cierto es que llevamos años trabajando en un entorno que no admite inercias. Quienes llevamos décadas en el sector de la rehabilitación energética, la impermeabilización o la ingeniería aplicada a la edificación hemos visto muchos ciclos, pero el actual tiene algo distinto: la energía ha dejado de ser una variable más para convertirse en el eje sobre el que gira absolutamente todo.
No hablo solo de precios, aunque los precios importan —y mucho—. Hablo de algo más profundo: de cómo la geopolítica, la tecnología y la regulación están reconfigurando la manera en la que diseñamos, fabricamos, construimos y mantenemos los edificios. Y, sobre todo, de cómo esta transformación está impactando de forma directa en cada uno de los actores de nuestra cadena de valor: desde el fabricante de materiales hasta los instaladores que ejecutamos la obra en última instancia.