La bomba de calor y el pronosticador de tormentas ¿Cuántas sanguijuelas hacen falta?
- Escrito por Marta San Román
Cada invierno preguntamos por el gas. Cada verano, por el calor. Entre medias, elegimos instalaciones que seguirán con nosotros quince o veinte años, incluso si el tiempo acaba demostrando que no eran las adecuadas. No sabemos cómo evolucionarán los precios de los combustibles, el clima o la normativa. Pero sí sabemos que la bomba de calor hace que acertar esos pronósticos importe menos.
Simulación generada con IA
Doce miembros del jurado
En 1851, George Merryweather llevó a la Gran Exposición de Londres su pronosticador de tempestades. Doce sanguijuelas vivían en 12 frascos con líquido, dispuestos en círculo y conectados a un mecanismo. Sensibles a los cambios de presión atmosférica, ascendían hacia el cuello del recipiente y, al hacerlo, accionaban una campana: si la campana sonaba varias veces seguidas, Merryweather entendía que se aproximaba una tormenta. A las sanguijuelas las llamaba su pequeño jurado de consejeros.
Aunque visto desde 2026 esto nos produzca cierta gracia, Merryweather tiene el mérito de haber ideado un aparato basado en principios científicos (olé) que funcionaba, aunque finalmente no llegara a desarrollarse a escala industrial.
Saber qué tiempo va a hacer ha condicionado durante siglos cuándo zarpa un barco, cuándo se recoge una cosecha o cuándo hay que ponerse a cubierto. Una previsión mejor da tiempo para actuar y puede evitar pérdidas, daños y riesgos para las personas.
Nuestra capacidad para anticipar tempestades ha mejorado bastante desde las sanguijuelas. Tenemos satélites, modelos meteorológicos, supercomputadores y sistemas de alerta. En energía disponemos además de mercados de futuros, escenarios de demanda, previsiones de precios, regulación, certificados energéticos, datos de consumo y herramientas de simulación que Merryweather habría contemplado con verdadera envidia.
Pero no nos resulta suficiente: seguimos queriendo más… ¿Cuánto costará el gas este invierno? ¿Y dentro de tres años? ¿Qué hará el precio de la electricidad? ¿Cuándo conviene sustituir el equipo? ¿Qué exigirá la próxima norma? ¿Qué ocurrirá con el certificado energético del edificio? ¿Será el próximo verano como el de 2026? O, como digo yo, ¿estamos terminando el verano más fresco de nuestra vida (futura)?
Como no tenemos bola de cristal, estas preguntas aparentemente razonables nunca tendrán una respuesta con la precisión que queremos.
Los últimos años deberían habernos curado de cualquier exceso de confianza en los pronósticos energéticos. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) sigue advirtiendo en 2026 de la volatilidad y de los riesgos que afectan al mercado internacional del gas. Podemos mejorar las previsiones sobre los precios, la demanda, el clima o la normativa. Pero también podemos prepararnos para que acertar importe menos.
La AIE también sitúa las bombas de calor entre las tecnologías que pueden reducir la dependencia y mejorar la resiliencia frente a posibles interrupciones del suministro de gas. La bomba de calor protege por ello el futuro sostenible, porque las decisiones que tomamos hoy sobre climatización seguirán condicionando durante años el consumo, las emisiones y la capacidad de los edificios para adaptarse a nuevas exigencias energéticas.
Ay… quizás estemos pidiendo a la previsión algo que la previsión nunca podrá darnos: certeza.
Esperando otra campanada con miopía energética
Vale, esperamos que suene la campana para decidir cómo actuar.
Cuando sube mucho el gas hablamos de dependencia energética. Cuando llega un verano extremo hablamos de refrigeración. Cuando una factura nos parece difícil de pagar hablamos de pobreza energética. Cuando cambia la normativa calculamos qué edificios estarán mejor preparados. Cuando un equipo se avería en enero, decidimos deprisa y sin criterios maduros qué instalamos, sin tener en cuenta que será para los próximos quince o veinte años.
Y cuando la campana deja de sonar, nuestra corta memoria borra la necesidad de pensar a medio y largo plazo, confiando ilusamente en que alguien desarrolle una previsión mejor y soluciones para actuar a corto plazo. Hasta la siguiente campanada. Tarde.
Esperar tiene consecuencias porque las instalaciones térmicas duran mucho más que las circunstancias en el momento de su compra. Lo que elegimos para resolver el invierno de 2026 puede seguir condicionando consumos, costes y prestaciones en 2040.
Con la bomba de calor, mirar solo el precio de la electricidad y del gas puede llevar a conclusiones equivocadas. Que la electricidad cueste más por kWh no significa que producir calor resulte necesariamente más caro. Una bomba de calor aporta ≈4 kWh térmicos de media por cada kWh eléctrico consumido y cubre calefacción, refrigeración y agua caliente sanitaria. El gas, por debajo de 1 y no proporciona la refrigeración.
Lo que importa es cuánto cuesta obtener el calor y el frío que necesitamos durante todo el año y cuánta energía tenemos que comprar para conseguirlo.
Lo que importa es de qué energía dependemos. La bomba de calor protege la soberanía energética. Sustituir gas, gasóleo o GLP por una bomba de calor reduce el consumo directo de esos combustibles. La Agencia Internacional de la Energía estima que en 2025 las bombas de calor evitaron alrededor de 53.000 millones de metros cúbicos de consumo de gas para calefacción de edificios en Europa, Japón y China.
En España tenemos recursos aerotérmicos y geotérmicos, una generación eléctrica con una contribución renovable más que significativa, y calor que todavía desaprovechamos en edificios e industrias que también se puede aprovechar a través de las bombas de calor. También tenemos viviendas, hoteles, comercios, edificios públicos y fábricas que necesitan calor y frío, y casi el 78% de municipios que no tiene acceso a la red de gas natural[1], por lo que sustituir el gas de la red por gases renovables no resolvería la descarbonización térmica de sus edificios.
El precio del gas este invierno importará, claro. También importa cuánto queremos depender de acertar esa previsión una y otra vez durante los próximos quince o veinte años.
Antes de la próxima tormenta
Merryweather quería que la campana sonara antes de que llegara la tormenta porque el aviso solo servía si aún quedaba tiempo para actuar. El mercado energético también suspira por campanadas a tiempo para tomar decisiones que reduzcan nuestra dependencia y nos afecte menos tras las subidas de precios, los problemas de suministro o los episodios extremos (y por supuesto, que sean sostenibles y económicamente sensatas).
Cuando esas campanas no llegan… o no llegan cuando queremos –¿te imaginas que las de las uvas navideñas no suenen, o lo hagan el 29 de febrero, por ejemplo? – la mejor forma de protegernos es anticipar el riesgo y reducir la vulnerabilidad frente a él.
La bomba de calor protege la equidad energética, la energía mínima vital de hogares y empresas, porque puede reducir el impacto de las subidas del gas, el gasóleo o el GLP a quienes que dependen de esos combustibles fósiles para cubrir sus necesidades térmicas. Una subida brusca pesa especialmente cuando la energía se lleva una parte importante de la renta familiar o de los costes de actividad. También pesa más en territorios que dependen de combustibles transportados o disponen de menos alternativas de fuentes de energía. Reducir esa dependencia y ese consumo ayuda a repartir mejor los riesgos de la transición energética.
No hace falta saber con precisión ahora cuánto costará el gas en 2030 ni cómo será el verano de 2032 para tomar decisiones ya –hoy, aquí, todos– que reduzcan nuestra vulnerabilidad. Ya sabemos lo suficiente como para electrificar la demanda térmica con alta eficiencia, aprovechando nuestros crecientes recursos renovables disponibles y recuperar calor que hoy se pierde. Todo ello reduce el consumo de combustibles fósiles y sus emisiones nocivas para el ser humano, y la dependencia energética exterior. Y disponemos de tecnologías maduras para hacerlo, entre ellas la bomba de calor.
Seguiremos haciendo previsiones. Las necesitamos para operar redes, diseñar políticas, tomar decisiones empresariales y planificar inversiones. Algunas acertarán bastante. Otras nos recordarán la enorme capacidad de la realidad para estropear una buena hoja de cálculo.
Merryweather necesitaba doce sanguijuelas para que la campana sonara antes que la tormenta. Ciento setenta y cinco años, y, aunque ningún pronóstico eliminará la incertidumbre totalmente, nosotros podemos prepararnos sin esperar a que suene.
Quizá no hagan falta más sanguijuelas.
[1] SEDIGAS
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